Dirección General / Rectoría

LA SOLEDAD DE NUESTROS NIÑOS, NIÑAS Y JÓVENES

Posterior a las dos guerras mundiales, es decir, hacia la segunda mitad del siglo XX, Europa pasó por una época de desesperanza como consecuencia de los estragos físicos y emocionales de la barbarie y el terror de esas guerras, con ella desfalleció la idea de pensar en el mañana o en un proyecto de vida porque las secuelas del horror no permitían hacerlo, el hombre no pudo pensar en un futuro promisorio porque éste se había diluido con el estallido de una bomba, el valor de la vida había quedado perdido en el rincón de algún hogar destruido o simplemente borrado de la faz de la tierra y el suicidio fue una constante  como respuesta a esa existencia vacía y sin porvenir, esta forma de vida y de pensamiento dio origen a una corriente filosófica y literaria que se denominó el Existencialismo; el que considera que es la existencia la que genera la esencia y como tal la vida tiene sentido en tanto se existe, mientras esta forma de pensar se vivencia a través de escritores magistrales como Kafka, Camus, Sartre, entre otros, las mujeres de buena parte de Europa, en ausencia de los hombres que había muerto, reconstruyeron palmo a palmo las ciudades con una ardiente paciencia, con la convicción de que la guerra no puede volver a tocar las vidas y que la paz tiene que ser la cimiente sobre la cual se construya una sociedad tolerante y comprometida con la vida.

Han pasado más de sesenta años durante los cuales hemos tratado de recomponernos para ver una nueva etapa, aun así, la soledad por la que atraviesan los niños, las niñas y los jóvenes de hoy; para quienes el valor de la vida se ha diluido, en quienes la desesperanza y la desolación ha hecho carrera y los ha convertido en personas vulnerables, ya sea por la soledad en la que viven o la falta de carácter para encarar la vida.

No hay soledad mayor, que aquella que se manifiesta en medio de un mundo de personas con quienes se vive pero no se convive.

Hay niños que sin musitar palabra, a través de sus actos piden la presencia de una familia, la calidez de un hogar, la existencia de una voz amiga que los invite a vivir como se merecen.

La acostumbrada vida que conduce al final de una jornada a cada quien a su alcoba para desbaratar la soledad en el teclado de un celular a puerta cerrada, crea un ambiente de soledad y un ejercicio de vida sin valor y sin mirada hacia el mañana.

Ya no es la guerra la que nos ha conducido a la desesperanza, es esa ausencia de cohesión familiar que se mide, entre otros, cuando todos se sientan a la mesa, pero no musitan palabra entre sí porque cada quien se ocupa de la red a la que pertenece.

El hecho más contundente en nuestras vidas, es la familia. Es una realidad que nos acompaña en todo el recorrido de nuestra existencia, siempre está ahí como referente, nacemos y morimos en familia y en su seno construimos los elementos centrales de nuestro modo de ser, necesitamos familias presentes, que acojan a cada instante a nuestros niños, no únicamente para reprocharlos sino para llevarlos de la mano en un ambiente de amor y tranquilidad, necesitamos familias que sientan la felicidad de compartir y vibren en comunidad de vida los aciertos o desaciertos, para abrazar o para pensar la manera asertiva de continuar.

Henry Cabra Camacho

Rector